¡Llegó a tiempo! Una grandísima noticia. Esta misma tarde pude recoger en una de las librerías de Salamanca el poemario recién publicado por Álex Chico, Dimensión de la frontera. El librero, un tipo bastante amable, suele interesarse por mis pedidos. Esta vez, claro, no se le escapó el dato de la coincidencia entre mi apellido y el del autor; tampoco la mención a Salamanca. Curiosas relaciones.
Libro en mano, me dirijo a algún lugar de la ciudad. En el Alcaraván, por ejemplo, donde admiré...
SALAMANCA. PUNTO FINAL.
"Y tus calles, pequeña ciudad, ya para siempre
quedarán en silencio, pues no volverá un alma
que pueda decir por qué estás desolada"
KEATS
AÚN es pronto, me digo,
para hablar de la muerte.
Y, sin embargo, el tono dorado
de esta plaza señala la escasa certidumbre
de las cosas.
Su inexistente voluntad de perdurar
en nosotros.
Aún es pronto y no obstante
me cuesta admitir que todo es nuevamente
posible.
Apenas una simple certeza:
la de no ser capaz de reconocerse en lo vivido.
Miro lo que fui, aquí,
y el pasado tiene el mismo color
de los edificios,
la piel ocre de lo que se vivió alguna vez
y ya no puede regresar con la intensidad
de entonces.
Como ese esplendor en el que confié
y del que, ahora, nada queda.
Ni siquiera el saludo tardío
de los que me acompañaron en los soportales.
Observo este lugar y sé que fui él mismo,
fui su camino y su deriva,
fui sus autores: Hierro, Arlt, Valente,
todos los que vinieron por primera vez
a señalarme los límites del mundo.
También el límite de la ciudad.
Fui aquellas reproducciones que en Las Conchas
salían conmigo
y se desplegaban sobre alguna mesa,
en algún café de la zona.
en el Alcaraván, por ejemplo,
donde admiré a Magritte o a Hopper.
Ahora sé que todos se escaparon a tiempo,
mucho antes que yo.
Su huida, una rápida y silenciosa cadencia
hacia delante.
Intuyo que ha pasado mucho tiempo, porque es
ahora
cuando miro la ciudad sin nostalgia.
Ahora que la observo ausente, con el temor
de reconocerla un territorio extraño.
El mismo temor que siento
al abandonar una calle del centro
y el mismo que producen sus paseos circulares.
Llegar a un lugar que juzgaba a mucha distancia
y encontrarlo de nuevo me infiere un temor a lo
cercano.
Mi camino, desde entonces, se ajusta
a esa premisa: todo paseo tiene su propia
frontera.
(El terreno se angosta y me deja solo
nuevamente).
Ya no vivo aquí y, si lo hiciera, nada sería
distinto en apariencia. Como esas casas
que conservan su fachada y guardan en su
interior
los escombros de otras casas colindantes .
La maleza, los hierbajos, los despojos de toda
una ciudad
en su función de naturaleza muerta.
Observo dentro y veo que mi vida
aquí fue igual: una suma de restos.
Paseos en los márgenes de Canalejas;
conversaciones en algún banco de Alamedilla;
encuentros fugaces sobre las escaleras de Anaya;
la vista imposible de un puerto,
intuido desde cualquier punto de la plaza del
Oeste;
la permanencia oscucra y solitaria detrás de la
Casa Lis,
buscando un reflejo que nunca llegó a sus
ventanales;
las aguas detenidas del Tormes;
el frío nocturno al regresar de Plasencia.
Por eso, me digo ahora,
seria justo comenzar a hablar de la muerte.
Ha pasado el tiempo y ya va siendo hora
de nombrar las cosas en su medida exacta.
No fue el destino lo que me trajo aquí,
ni siquiera el azar el que me trae de vuelta.
Es, cuesta decirlo, la escasa memoria
de unos años que no consigo olvidar.
Porque nadie es capaz de olvidar la suma de
muertes
por las que transcurre su vida.

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